El Grullo, Jalisco, México.
El árbol de aguacate del patio de mi casa suele ser visitado, en ciertas temporadas, en la noche o al amanecer, por un pequeño búho o tecolote, no mayor de 20 centímetros de largo y 80 gramos de peso, conocido como tecolote bajeño (Glaucidium brasilianum). Aunque no suelo verlo frecuentemente, su canto agudo e insistente suele delatar su presencia y, en muchas ocasiones, no puedo evitar pensar en la frase de que “cuando el tecolote canta, el indio muere”, refrán que sigue siendo muy escuchado en nuestro país. Este canto se escucha en muchos estados de México, en el Centro y Sudamérica, y aunque quizás no se trate de la misma especie de tecolote en esas tierras, sí suele asemejarse al de otras aves nocturnas. Diversos registros de tradición oral, sugieren que esta vocalización fue interpretada como una voz humana cargada de simbolismo y ambigüedad, en zonas rurales, este canto se asoció a una figura femenina anciana y sabia, por lo que en muchos lugares se le llama viejita del monte.
La viejita del monte es un ejemplo de una de las muchas creencias que existen en nuestro país alrededor de las aves, muchas de las cuales pueden no ser benéficas para la conservación de ellas. En este caso, este tecolotito encarna una figura ambigua, la de una voz antigua que recuerda que los ancianos, por su edad, saben y conocen, y por ello mismo suelen advertir o predecir cosas. No representa el mal, sino el conocimiento de aquello que los humanos preferimos no mirar de frente. Es interesante esta asociación porque, en el mundo prehispánico, las aves nocturnas se asociaban con la muerte o como signos de advertencia. Por otra parte, los españoles trajeron consigo la noción de la Grecia antigua de que los búhos, al ver en la oscuridad y estar activos en la noche, podían ver más allá de lo visible, y se asociaron con la sabiduría y lucidez intelectual, convirtiéndose en símbolos de educación y conocimiento. Hoy en día, persiste esa noción en contextos urbanos y educativos, mientras que en áreas rurales se les sigue asociando como signos de mal agüero, enfermedad o brujería. Por ello, en comunidades rurales aún se les mata por miedo o como medida preventiva. La misma ave puede ser vista como portadora de sabiduría o como anuncio de desgracia. La diferencia no está en el búho, sino en la cultura que lo observa.
Otro grupo de aves nocturnas que también tienen un destino similar son los conocidos como “chotacabras” o “tapacaminos”. Pertenecen a la familia Caprimulgidae, que viene de las palabras latinas capra, “cabra”, y mulgere, “ordeñar”, por la creencia europea de que robaban la leche de las cabras. Además, por su actividad nocturna, ojos brillantes y vuelos silenciosos, se consideraban aves sospechosas. Su otro nombre, “tapacaminos”, se relaciona con la idea de que bloquean el paso o desorientan a viajeros. En diversas tradiciones locales y reinterpretaciones posteriores, se les ha asociado con brujas, o se les considera nahuales o espíritus que acompañan a una persona desde su nacimiento. Esto último no necesariamente era algo malo. También presagiaban enfermedades de niños o la mala suerte. Desafortunadamente, aunque son aves muy tranquilas, son apedreadas, espantadas o matadas, a pesar de alimentarse solo de insectos nocturnos.
También existen aves con mitos que se pueden considerar positivos. Es la otra cara de la moneda. En este grupo destacan los colibríes, chuparrosas o picaflores. En la cosmogonía mexica, el colibrí (Huitzil) simboliza a guerreros muertos y energía vital. Su dios del sol y la guerra, Huitzilopochtli, es un guerrero ágil y rápido, al igual que su espíritu nahual, el colibrí. De la misma forma, son considerados divinos por los purépechas y por los mayas. Para los primeros, los colibríes también se asociaban con la guerra, y su capital, Tzintzuntzan, significa “lugar de los colibríes”. Para los mayas, el colibrí significaba vida, fertilidad y era parte del sol, el cual se transformaba en colibrí para dar paso a la luna. Actualmente persiste la creencia de que son mensajeros de personas fallecidas y también de transmitir los deseos y sueños entre los enamorados. De tal manera que, si aparece uno en tu hogar, se considera un buen augurio. Paradójicamente, un ave asociada con la vida y la energía vital es hoy víctima de prácticas que la conducen a la muerte. Por su asociación con el amor, en algunos lugares son capturados de forma ilegal, son disecados y utilizados como amuletos, o bien usados en hechizos conocidos como “amarres de chuparrosa”.
Finalmente, el ave de las 400 voces o Cenzontle se asocia con almas, presagios o mensajes divinos. Aunque suele tener connotaciones positivas, el canto de esta especie también se cree que puede anunciar cambios fuertes o muertes. El impacto de este don especial de imitar diferentes cantos ha motivado que sea una de las especies más capturadas con motivos ornamentales, situación que también puede afectar a otras especies con cantos hermosos y ponerlos en riesgo al ser comercializados en exceso.
Muchas de las creencias y mitos actuales sobre las aves no provienen directamente de los pueblos originarios, sino de una reinterpretación mestiza donde se mezclaron símbolos indígenas, los miedos europeos y las explicaciones incompletas del mundo natural.
En muchas culturas de Mesoamérica, las aves no eran mitos o supersticiones, sino parte de un sistema simbólico coherente que explicaba su mundo. Las aves eran mediadoras o mensajeras entre el cielo, la tierra y el inframundo. No “anunciaban la muerte” en sentido fatalista, sino transiciones y ciclos. Los diferentes mitos no promovían la destrucción del ave, sino que había respeto y existían límites.
La pérdida de hábitat es un factor muy importante que amenaza la biodiversidad en todas sus expresiones. Sin embargo, también están en riesgo aquellas especies rodeadas de mitos negativos, aquellas que no forman parte del relato cultural o que solo poseen un valor utilitario. Sorprendentemente, no han sido solo los mitos en sí los que han puesto en riesgo a las aves o a otros organismos, sino la pérdida del significado profundo que esos mitos tenían. Cuando el símbolo se vacía de sentido y se llena de miedo, la biodiversidad paga el precio. Ejemplos de esto abundan, y como muestra están los murciélagos, los reptiles y muchos insectos y arañas. Pero hablar de ellos sería parte de otra historia.
Habiendo relatado lo anterior, quisiera terminar diciendo que “Cuando el tecolote canta, el indio — o nadie— no necesariamente muere”. El ave sigue siendo ave; lo que cambia es la historia que los humanos decidimos escuchar.


Carlos Palomera García
carlos.palomeragarcia@gmail.com







