Jiquilpan de Juárez, Michoacán.
I
Mi abuela materna lleva por nombre el de una flor. Mi bisabuelo Nacho lo tomó prestado para que así fuera bautizada su primera hija: Teresita, así como las flores de ornamento originarias de la isla de Madagascar. Ella no ha sido propiamente lo que se dice una abuelita cariñosa, ni con las palabras ni con las caricias. Cuando yo era niña nunca se dejó abrazar y tampoco me abrazó. Solía pellizcarnos con sus largas y duras uñas si intentábamos rodear su cintura con nuestros pequeños brazos.
Ella es de piel morena como el piloncillo y olorosa como la albahaca. También es callada. A diferencia de muchos de mis primos, ni yo ni mis hermanos fuimos criados por ella en su casa, pero, eso sí, todos los domingos de la infancia los pasábamos ahí. Ese día era como una gran fiesta porque casi toda la familia se reunía y había mucha comida sobre la mesa. Era el día en que saboreábamos los mejores platillos.
II
El único pedazo de tierra del que mis abuelos maternos fueron propietarios fue ese que crecieron pa’rriba y llamaron casa, su casa: el nido de mi madre. No heredaron nada, ni un pedacito de ejido les tocó, por el contrario, mi abuelo tuvo que buscar un espacio para levantar su coamil y sembrar por las tardes cuando su jornada laboral terminaba en su empleo formal.
De pequeña lo veía llegar el domingo, sudado después de mediodía de trabajo −porque ni el domingo se permitía descansar−, con los brazos llenos de manojos de rábanos y flor de calabaza, a veces llegaba en una camionetita extraña, de redilas, que le hacía el flete de sus gigantes chilacayotas, docenas de elotes tiernos y otros tantos tercios de leña. Siempre lo miré cargando ocote, calabazas, costales de mazorcas y frijol en vaina para desgranar.
Ahora, con setenta años todavía trabaja hasta los domingos pero carga los costales a medio llenar y la casa se vació. Gracias a él y a su coamil siempre hubo qué comer en mi mesa, gracias a esa tierra prestada y muchas otras veces arrendada que mi abuelo hacía germinar con la lluvia de temporada.
III
Casi cumplo cuarenta y la mitad de mi vida he estado fuera de mi terruño. Recién me fui, buscaba encontrar el sabor de la comida que Teresita preparaba los domingos; hoy todavía sigo buscándolo en cada nuevo lugar al que he llegado a vivir, sobre todo el sabor de las tortillas de maíz hechas a mano, el del pozole blanco con carne de puerco y el del pipián con semillas, nopales y pollo. Ha sido difícil encontrarlos y esas pocas veces casi siempre mi paladar termina decepcionándose.
Últimamente pienso en esos sabores con los que crecí y en días como hoy añoro. En lo dulce de unas calabacitas tiernas con elote y queso fresco, el de los jitomates en rodajas con sal y limón, el del pinole, incluso el del atole de masa que parece que no guarda sabor a nada. Por eso, pienso que mi abuela debería hacer un recetario de todos los platillos que sabe cocinar, que nos lo deje de herencia, pero le faltó aprender a escribir y agarrar con ganas el lápiz, con las mismas ganas con las que movía sus cucharotas de madera y meneaba los granos amarillos cuando cocía su nixtamal que removía desde el fondo de la vaporera tiznada por el uso.
IV
Aquella casa gris, marcada con el número 18 y humeada por el nixtenco, siempre prendido al fondo en el corral, se coloreaba constantemente con los verdes y amarillos de las verduras que el cuamil daba. Es cierto que mi abuela no aró esa tierra prestada porque se quedó a parir, criar y cocinar. Pero Teresita, fue la señora que hizo la magia de convertir toda la nobleza de esa tierra y restarnos el hambre con trozos de chilacayote y camote enmielados con piloncillo, con tortitas capeadas de chinchayote, huevito con nopales e incluso los tamales y atoles de los días lluviosos.
La caricia que no me dio cuando se sentaba a espulgarme o cuando me puso a desgranar mi tarea de mazorcas, las convirtió en sabores y enseñanzas, porque, una parte de esa abundancia venida del coamil, la vendía en el barrio con las vecinas de la cuadra o los parientes cercanos, entonces nos daba un chiquigüite o una cubeta a mí y a Lupita, y nos mandaba a vender casa por casa. Ella siempre iba descalza por en medio de las calles empedradas y yo moría de vergüenza solo de pensar en tocar a una puerta y ofrecerles maíz pozolero o rebanadas de quiote asado, ella por su parte, se reía por mi torpeza y yo también de ella porque no sabía sacar las cuentas ni dar cambios. Así fue que acordamos que cada una tocaría a una casa sí, otra no y yo me encargaría de entregar el vuelto. Nuestro pago por vender era un peso o dos, que usaba para comprarme una empanada de manteca rellena de dulce de leche o de camote
Es cierto, mi abuela no aró esa tierra pero, cual artesana, sacaba una a una las hojas de las mazorcas con las que armaba paquetes robustos de las mejores y más grandes hojas para tamales de pasas, de picadillo y de costilla en salsa roja. Con los centavos que ganaba de esa venta el domingo compraba harina, aceite, royal, manteca y huevos, y nos preparaba unas donas de azúcar con canela tan ricas… O, si no, compraba leche y nuez para hacer unos coladitos con elotito tiernito que molíamos con canela en un molinito de mano.
Con los años, la muerte, las desapariciones, las decisiones y la promesa de otro futuro nos fue dispersando tanto que los domingos quedaron huérfanos de aquella algarabía y, como si eso no fuera suficiente, un día Teresita se resbaló en el lodo de su corral y se fracturó la muñeca de su mano derecha. Ella, tan diestra y terca, no hizo los ejercicios recetados por el médico y después de fracturarse repetidamente, dos veces más, no recuperó su movilidad y dejó de cocinar.
No aró la tierra pero sembró muchas semillas, hizo crecer a sus hijos, a mis primos, a unos gallos, periquitos, conejos, y a nosotros que tantas veces nos dio que comer porque sabía lo difícil que la tenía mi mamá; nunca nos fuimos de su casa sin itacate, con decirle que al regreso, aquellos domingos, cuando las campanas llamaban a la misa de las seis de la tarde, todos −mis hermanos, mi madre y yo− cargábamos en bolsas, costalitos, ollitas de peltre o táperes, la generosidad de mi abuela, quien por cierto, hoy por hoy, sigue siendo callada, pero ya se deja abrazar algunas veces y otras poquitas es ella quien me abraza.
Aún no tenemos un recetario, pero cuando tengo dudas de la receta o los ingredientes, le hago videollamada para que me cuente cómo le hace, aunque siempre se desvía para contarme una que otra novedad y, cuando ocasionalmente la visito en su casa y estoy por despedirme, me dice: “Llévate un maicito rojo para que hagas pozole”.




Almendra
Soy nieta de Teresita, de Don Gero y las mazorcas. Bisnieta de la caña dulce.
virginia.betancourt87@gmail.com







