“Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
Pienso que sin quererlo lo he libertado yo.”
“Hombre pequeñito”, Alfonsina Storni
– “Algún día deberías escribir todo lo que te cuenta tu abuelita”-. Varios años escuché con frecuencia esas palabras, procedentes de la última de sus hijas.
A mis ojos y a los ojos de otras personas que, como yo, la quisieron bien, la suya no es una historia más, diluida entre tantas historias anónimas, de tantas mujeres que, como ella, sostuvieron la vida con su cobijo y esas sutiles maneras de cuidado, que la hicieron, a mis ojos, una mujer inolvidable, aunque contradictoria, como lo somos todas. No fue activista, ni científica, ni una mujer conocida y alabada. Nunca obtuvo un título, ni premios, ni siquiera un pequeño reconocimiento público. Pero una mujer valiente, sí que lo fue. Por ello hago honor al “algún día tendrías que escribir todas esas historias que te cuenta tu abue”, tratando de escribir, más bien, sobre ella.
La memoria (y la nostalgia, su compinche) toma caminos vericueteados. Cada tanto el calor, los sabores, las voces que llegan en pensamiento y sueños, las recetas, las manías, asaltan los sentires y arriesgan paciencias ajenas y practicidades propias.
Esta es una deuda que tengo con su cariño, atreviéndome a la complicidad de reflejos y evocaciones de las numerosas Delfinitas que nos han llevado y traído, en esta historia desde abajo y olorosa a mole en la que tantas mujeres crecimos. Este es un modesto esfuerzo de remembranza y agradecimiento, nacidos con la edad, la distancia y la humildad aprendida a tropezones.
A través de su historia, quiero hacer un humilde homenaje a todas las mujeres que ahora son abuelas, tías y madres de la generación en la que me tocó vivir y que muchas veces olvida que tenemos y gozamos lo que ahora nos toca, gracias a esas mujeres inmensas que vivieron en la época del ferrocarril, las lámparas de aceite y las historias a oscuras.
Como ya se ha dicho, en América Latina nuestras raíces son un cuento mágico. Quienes vivieron antes que yo lo atestiguaron con sus vidas, obras y sinsabores. Como ella. Porque ¿quién no tiene un abuelo que fue general o matón, una madrastra que hablaba con los muertos, un padre cazador, poeta o remedo de inventor, un tío capaz de las más inverosímiles hazañas? ¿qué familia no procede de un pueblo con historias dignas de un Nóbel de Literatura? ¿quién no tuvo un pariente que se ganó un plomazo por mentarle la madre a un enemigo?
La familia de mi padre proviene de un pueblo perdido, como los hay tantos en este golpeado país: un pueblo costeño, dicharachero y que, como muchos, se pavonea con relatos dignos de una buena novela y mejores aprendices de escritora que quien suscribe. La familia de mi madre es originaria de las montañas. Como ellas, guarda celosamente recuerdos, historias y secretos.
De la mezcla imposible de esos lares, vine al mundo. Y más que de mí, hablaré de la mujer montañesa criada entre llaneros que perfumó mi infancia de chocolates, caldos, pasteles y llenó mi memoria de contrastes y “datos etnobiológicos” redescubiertos al crisol de una carrera académica que no es más que el pretexto para no cortar el cordón que me ata al río, las mentadas, las rameadas y el hablar alegre (por no decir a gritos).
La abuelita Delfinita creció en un pueblo, literario como el que más. En sus calles polvorientas cuyo sopor sólo rompía la llegada del tren (para sorpresa de quienes creen que en los pueblos solo habitan locales) convivían libaneses cuyas hijas llenaban el parque con insultos incomprensibles lanzados a los niños que las hacían enojar; gitanos que llegaban cada tanto a poner su cine con carpas viejas y alguna vez dejaron abandonado a nuestra versión de Melquiades; perros alemanes entrenados por sus dueños alemanes para hacer las compras sin más ayuda que una canasta con dinero y una lista de víveres; casas con escondrijos que facilitaban la huida rápida, guachos de Guerrero peleándose en las calles con sus machetes enormes, hombres tan guapos que las muchachas se asomaban por los huecos de la pared para verlos pasar y mujeres tan bonitas que había que encerrarlas para que no se las llevaran.


Los jarochos muertos hacía años, se paseaban con sus blancas guayaberas por los cañales y los patios de las casas, cargando la tristecita alegre a la que somos tan afectos en los trópicos y que los brasileños han bautizado atinadamente como saudade.
Ese pueblo de donde un día salió, desafiante, a escondidas y (espero) enamorada mi abuela, se formó, como tantos en México, con la gente que bajaba del ferrocarril procedente de los más variopintos lugares: de las guerras del otro lado del mar y de otros pueblos a los que aún no llegaban la bonanza cañera y platanera. Tan macondiano era, que hasta ahí llegó la United Fruit Company, como macabro preludio de los grandes consorcios transnacionales que décadas después arrasarían nuestro país.
Cuando me contaba alguna historia escabrosa, reíamos tomando café y soltando la frase que se nos volvió clave: “es que ese pueblo es Macondo”. El término realismo mágico sólo podía haberse inventado por estudiosos blancos que no tuvieron un abuelo que creció a la orilla de un río, en algún pueblo de esos en los que sólo hasta ahora el ruido de autopistas y televisores ha ahuyentado a nuestros muertos de todos los días, que en los tiempos de candelas y caballos vagaban a sus anchas por callejuelas polvosas y panteones rústicos.
– “Los Buendía son tus parientes”-, me decía. Y yo me quedaba acariciando sueños de escritura y palabras fluidas, añorando la valentía de poner en papel y de buena manera, tantos secretos e indiscreciones compartidas.
En cambio, desempolvé rameadas de niñez, recetas laboriosas, remedios, yerbas, menjurjes, sapitos tallados en la piel para curar males impronunciables, oréganos en el oído de niños y los mil y un usos del acuyo. Y así, recordé que de ella aprendí que el mejor remedio es el que el enfermo no sabe que se está tomando, pues el más escabroso caldo de zopilote puede disfrazarse de manjar con la alquimia culinaria correcta y un tlacuache sin problema se hace pasar por cerdo en un adobo bien sazonado. Por ella me enteré de que hace mucho tiempo un frijolito aventurero se rajó la panza y al ser remendado por su amiga la rata, dejó la herencia del ombligo blanco en los frijoles negros, esos que con tanto gusto cocinaba y nos comíamos sin más acompañamiento que el cristiano arroz blanco de los “moros y cristianos”.
Mi abuela me contó que la reina Isabel tenía su edad, consciente de que, aunque todas somos iguales, no somos tan iguales, porque en esta casa la costura, la cocina, la lectura, la limpieza y el cuidado, los hace la misma mujer; contrario a la casa de la reina, donde las mujeres podían dedicarse solo a leer y cabalgar. Hablando de estas y otras cosas, muchas noches escuchamos a lo lejos el silbido del tren, sonido ahora extinto. La vi coser, remendar, diseñar, amasar, destazar, mandar, insistir. Con ella aprendí canciones, renegué de sus órdenes, recé el rosario a regañadientes, caminé, cociné, contesté, me reconocí desobediente.
Y aquí sigo y ando, persiguiendo recuerdos, olvidando ruralidades. Reivindicándome pueblerina renegada, jugando a la académica descolonizadora.
Porque al final, esta es mi forma de recordar mi árbol y plantar mi raíz en un mundo cada vez más encementado, racional y ateo. Porque Macondo es todo y es nada. El Gabito y su incorrección contemporánea soy yo, es mi tío, mi madrina y su prima. Los secretos que abochornaron a su madre y el enojo que nos provoca ahora pensar en Mercedes Barcha sosteniendo al genio; son la paciencia de mi abuela, los secretos de mi familia, las ganas de la sobrina feminista de romperlo todo, mis ganas de hacerlo distinto… y el peso de ser tan jodidamente valientes.
Porque por y gracias a ellas estudiamos, vivimos fuera, aprendimos, denunciamos, gritamos…y nos fuimos, sin mirar atrás y cargando únicamente sus bendiciones y la certeza de que el desacato nos es permitido.
Por ellas también, tenemos sazón, raíces, sonrisa, el cabello crespo de las antepasadas juzgadas y la palabra fácil de los ancestros infieles. Por ellas somos y seremos.
Gracias a ellas, a todas. Las que son, las que han sido y las que serán, en mi recuerdo reinventado, pero nunca lo suficientemente justo para su estatura.


Eréndira Juanita Cano Contreras
Soy una etnobióloga que nació en una pequeña ciudad del trópico mexicano y creció en un pueblo de la Cuenca del Papaloapan. Pronto salí a estudiar fuera y no he vivido de nuevo en la tierra donde se enterró el ombligo de mi nostalgia. Ahora estudio formalmente lo que en mi niñez era cotidianidad y para muchos familiares, aún es convicción y sustento.








