El sur de Jalisco es fuente de inspiración para grandes obras artísticas, como canciones, cuentos, narraciones o pinturas, dando una identidad cultural propia a la región. Parte de esta identidad nace de la enorme diversidad biológica y paisajística de nuestros valles y montañas; por ejemplo, las aves de rapiña, las aves acuáticas y el búho han inspirado relatos, mientras que por los diversos paisajes han caminado tantos personajes que entrelazan sus historias. Es así, que las aves, plantas, insectos, hongos, entre otros organismos de la región, forman parte de nuestro día a día y se desenvuelven en un entorno conocido por nosotros. Sin embargo, nuestras acciones cotidianas modifican los ciclos biológicos de esta fuente de inspiración, hasta el punto de poner en riesgo su permanencia.
Si levantamos la vista, un par de montañas coronan el horizonte: el Nevado y el Volcán de Colima. A veces aparecen cubiertos por nubes y, en otras ocasiones, con menor timidez, dejan entrever un mosaico de paisajes y bosques. Aquí encontramos al menos ocho tipos diferentes de bosques tropicales y templados, como la selva baja, bosques mesófilos de montaña, bosque de pino-encino, bosques de oyamel y bosque de altura, los cuales encontramos al caminar entre ambas montañas, o cuando subimos hacia la cima, evidentemente más fría que la parte baja. A las faldas de las montañas, las comunidades humanas siembran principalmente caña de azúcar y aguacate, así como otros cultivos más pequeños, como el maíz. De los bosques obtienen el agua para sus cultivos y también extraen la madera que usan como combustible o para comerciar, dejando clara la dependencia que tenemos hacia nuestros bosques. En este escenario, ya de por sí complejo, sumemos que vivimos a los pies del volcán más activo de México, capaz de cambiar nuestro entorno en un abrir y cerrar de ojos.
Esta mezcla de tipos de vegetación, diferentes altitudes, cambios graduales de temperatura y humedad, distintas actividades humanas y la actividad volcánica, han permitido que el Complejo Volcánico de Colima (como también se les conoce a estas montañas junto a otros pequeños volcanes) sea uno de los sitios con mayor diversidad biológica en el occidente de México. Solo para dimensionarlo, a lo largo de más de un siglo de estudios hemos registrado más de 400 especies de aves, equivalente a más del 35% de la riqueza total de aves que habita en nuestro país. Aquí podemos observar especies del norte y sur de América, otras que se encuentran por casi todo el mundo y muchas especies endémicas. Con respecto a este último punto, cerca del 23% de nuestras especies tienen alguna categoría de endemismo, teniendo uno de los porcentajes y riquezas más altos a nivel nacional. Contamos con 48 especies endémicas, es decir, que sólo habitan en nuestro país; 13 especies son cuasi endémicas, lo que significa que también habitan en un área pequeña de nuestros países vecinos, y 28 especies son casi endémicas, las cuales son aves migratorias que solo llegan a nuestro país. En cuanto a las aves migratorias tenemos 149 especies, lo que representa al 56% de las especies que transitan o pasan el invierno en México.
La riqueza de aves no se explica solamente por su ubicación geográfica, sino también por el dinamismo natural de los ecosistemas. A diferencia de otros sistemas montañosos, este complejo volcánico experimenta una constante reorganización ecológica. Hay factores fijos como la altitud o la orientación de las barrancas, que definen la temperatura y la insolación a la que están expuestos los organismos, dando las causas principales que determinan qué aves viven en cada sitio. A estos factores se le suman los eventos catastróficos que alteran los ecosistemas, como erupciones volcánicas, incendios o huracanes, que cambian el entorno en cuestión de horas o días. Esta combinación de estabilidad ambiental y disturbio ecológico genera un mosaico de sucesión ecológica bastante complejo.
La erupción del Volcán de Colima del 10-11 de julio de 2015 es un ejemplo reciente de cómo el paisaje puede transformarse en poco tiempo. La intensa caída de ceniza cubrió extensas áreas de vegetación, reduciendo la complejidad del sotobosque y perdiendo microhábitats indispensables para muchas especies. Por otro lado, los flujos piroclásticos rellenaron barrancas y provocaron incendios en franjas del bosque. Las aves reaccionaron de diferentes maneras, siendo las más afectadas aquellas con alimentación de origen vegetal, como néctar, frutos y semillas; así como las aves que se alimentan de insectos. Caso contrario, las aves con capacidad para comer muchos tipos de alimento y capaces de desplazarse largas distancias tuvieron más oportunidad de sobrevivir, al igual que aquellas que se alimentan o refugian en los troncos o ramas, ya que la posición vertical de las mismas impide que se concentre la ceniza volcánica. Con el paso del tiempo y la intervención de las lluvias, la vegetación comenzó a regenerarse, dando lugar a un nuevo proceso de sucesión ecológica. En las áreas con poca concentración de ceniza las aves empezaron a regresar, mostrando la capacidad de resiliencia del ecosistema.
Sin embargo, no todas las transformaciones del paisaje son naturales ni permiten la regeneración del ecosistema. Durante las últimas décadas, la región ha visto un crecimiento acelerado de la producción de aguacate. A diferencia del disturbio volcánico, este cambio de uso de suelo reduce de manera casi permanente la complejidad del bosque. Las huertas sustituyen a los árboles grandes, a los arbustos y hierbas, por filas de árboles cultivados. Las aves que anidan en cavidades de árboles, las que se alimentan de insectos en los arbustos y varias especies endémicas desaparecen por completo. Aunque hay que dejar claro que algunas aves generalistas pueden mantenerse, principalmente cerca de los cercos vivos que marcan el lindero entre huertas. A pesar de ello, hay pérdida de funciones ecológicas, deja de haber aves que se alimenten de insectos o de roedores, aumentando la presencia de plagas dentro de los cultivos. Por otra parte, cuando se mantiene parte del bosque dentro o en los bordes de los huertos, aumenta el número de aves y sus funciones ecológicas, además de mantener corredores donde se pueden mover los organismos entre los parches de bosque.
En los bosques de la cima, donde predomina el pino de altura (Pinus hartwegii), los escarabajos descortezadores juegan otro papel importante en el proceso natural de los bosques. Aunque a veces se perciben como una plaga, son insectos que forman parte del ecosistema y tienen la función de generar árboles muertos en pie, que son esenciales para que pájaros carpinteros, trepadores, búhos, entre otras aves, puedan alimentarse, refugiarse e incluso tener a sus polluelos. Además, lagartijas, mamíferos, hongos y otros insectos también hacen uso de estos árboles muertos en pie. En realidad, este tipo de árboles son estructuras fundamentales para sostener la biodiversidad de un bosque maduro, y su desaparición afecta directamente a las especies que dependen de ellos. Sumado a lo anterior, también los escarabajos descortezadores ayudan a dejar claros dentro del bosque, donde después abundan las flores y sus polinizadores. Por lo cual, en el Parque Nacional Volcán Nevado de Colima se han prohibido los saneamientos forestales, los cuales son una práctica forestal que tiene por objetivo quitar los árboles muertos en pie y disminuir las poblaciones de escarabajos descortezadores.
Mirando al Complejo Volcánico de Colima en su conjunto, queda claro que su asombrosa riqueza biológica depende de su variedad de bosques o ecosistemas, de su vulcanismo activo y de los procesos ecológicos que se desencadenan tras cada perturbación natural o humana. Cabe resaltar que los disturbios naturales ayudan a aumentar la variedad de aves en la región, mientras que los disturbios humanos tienden a simplificarlo. Contamos con varios casos, por ejemplo, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX hubo una extracción masiva de árboles con fines industriales. Esta actividad llevó a la desaparición de muchas aves, entre ellas al carpintero imperial, la cotorra serrana y el búho barrado. Sin embargo, con el cambio de visión en el manejo de la montaña, y dando pie a actividades para recuperar los bosques y su complejidad, hemos sido capaces de recuperar al búho barrado. Lamentablemente, las otras dos especies no regresaron más. Si bien la cotorra serrana aún habita el norte del país, no ha regresado al Nevado de Colima; por su parte, el carpintero imperial no regresará nunca más porque nuestras acciones como humanos la llevaron a la extinción. Hay más casos de especies que perdimos, que no fuimos capaces de documentar con claridad, pero que en textos viejos han sido reportados.
Si queremos conservar la fuente de inspiración de tantas personas de la región, es necesario hacer conciencia y pensar en estas montañas como un refugio que nos brinda agua, alimento, recursos forestales, estabilidad del clima, salud, armonía e inspiración. Tenemos que considerar que hay lugar y tiempo para todo, necesitamos respetar los sitios que son destinados para la conservación biológica, y en nuestras actividades diarias, ya sean laborales o de recreación, siempre considerar que nuestras acciones afectarán a las generaciones futuras. Así, las aves, con su canto, cordialmente seguirán recordándonos el inicio y final de nuestros días.


Luis Enrique Sánchez Ramos
Instituto de Geociencias, UNAM
sanchez_ramos@geociencias.unam.mx








