Maguey Largo, San José del Progreso, Ocotlán de Morelos, Oaxaca.
En los Valles Centrales del estado de Oaxaca, se encuentra el hermoso Maguey Largo, un pueblo lleno de historia y tradición. Pertenece al municipio de San José del Progreso, en el distrito de Ocotlán de Morelos. Es una comunidad rodeada de montañas, donde el río susurra en la mitad del pueblo y fluye en tiempo de lluvia. Maguey Largo se rige bajo las normativas indígenas que dan sentido y fortaleza a su comunidad.


En este lugar nace la historia de una mujer que, desde niña, fue heredera de los saberes más profundos: mirar el cielo para leer sus señales y trabajar la tierra con respeto y paciencia, aprendiendo de ella la verdadera esencia de la vida. Conoce de memoria las veredas y los arroyos que la vieron correr, aquellos mismos que recorría cuando subía al cerrito de “Los Copales” para cuidar con esmero a sus borregos. Tiempo después se casó y su vida tomó un nuevo rumbo, uno en el que las tunas se convirtieron en su joya más preciada, símbolo de fortaleza y esperanza. En ellas encontró el más bello ejemplo de resistencia e inspiración para levantarse cada día con un nuevo propósito.
“Las tunas son mi mina de oro”, dijo mi mamá mientras las recolectaba con su sombrero de palma, su cubeta y su gancho de carrizo. Esa tarde observé a aquella mujer que con mucha habilidad y rapidez se paseaba entre el plantillo de tunillo que se encontraba detrás de casa, me asombró la agilidad que tenía para recolectar cada tuna sin romperla y casi en tiempo récord. Cada tuna que caía en la cubeta significaba uno, dos o tres pesos que, el día de mañana, ella transformaría en sustento para nuestro hogar.
Cuando terminó su trabajo, tomó su cubeta, su gancho y se dirigió al corredor de la casa. Allí, bajo la sombra, se quitó el sombrero de palma y se sentó a descansar. Más tarde, mi mamá comenzó a quitarle las espinas a aquella fruta roja o como ella dice: “pelar las tunas”, mientras yo esperaba que me diera la tuna más roja que había encontrado para comérmela y sentarme a un lado de ella. Aún no amanecía y mi mamá ya estaba preparando el almuerzo, haciendo tortillas o preparando su morral con sus bolsitas de plástico y su botella de agua para emprender camino rumbo a Ocotlán, Oaxaca, a vender las tunas, convirtiendo ese tesoro en sustento y esperanza para la familia.
Esa mañana mi mamá se despidió de mí y se fue, yo me quedé con mi abuela, contando los minutos, esperando que el tiempo pasara muy rápido y que mi mamá regresara pronto y con bien a casa. Más tarde, mi mamá llegó y me senté a su lado para escuchar cómo le había ido con su venta, pero, sobre todo, esperando que ella me diera alguna fruta, golosina o juguete que le había encargado el día anterior. Yo no podía comprender por qué en varias ocasiones mi mamá llegaba triste, solo la observaba y yo también compartía su tristeza.
Con el paso del tiempo, entendí que la causa de esas ocasiones en las que mi mamá estaba triste fueron los días en que las ventas estuvieron bajas, y como consecuencia, mi mamá no podía comprar todo lo necesario para nosotros. Sin embargo, ella seguía “haciendo la lucha”, mientras recolectaba las tunas, cantando y pidiéndole a Dios que la ayudara con la venta del día siguiente. A pesar de que había días buenos y malos, mi mamá nunca se rendía, porque su esperanza la fortalecía y sabía que al día siguiente la venta mejoraría y con ello obtendría el dinero necesario para llevarlo a mi casa; por eso, mi mamá consideraba a las tunas como su mina de oro.
Cada año mi mamá alzaba la mirada hacia el cielo, con la esperanza de que lloviera pronto para que los tunillos pudieran florecer y la cosecha de tunas comenzara a inicios del mes de julio. Unas semanas antes de que la cosecha iniciara, mi mamá preparaba su carrizo, iba al carrizal a cortar uno o dos carrizos, los limpiaba, les hacía varias aberturas y dentro de las mismas ponía un trozo de madera que amarraba con mecate, de manera que el carrizo funcionara como un “gancho” y las tunas no se cayeran al suelo cuando las cosechara.
Cuando comencé a ayudar a mi mamá, muchas tunas se rompían o caían al suelo, pero cuando mi mamá las cosechaba, no había tuna alguna que se rompiera, por eso le preguntaba a mi mamá sobre su técnica, pero lo hacía ver tan simple que no podía creer que yo no pudiera cosechar una tuna sin romperla. Desde ese día, considero que la cosecha de las tunas es todo un arte, ya que necesita práctica y mucha paciencia para realizarla.


Desde entonces y como cada mes de julio, mi mamá se prepara para realizar tal labor, por ello, desde hace más de 30 años se ha dedicado a la cosecha y venta de la tuna en el distrito de Ocotlán de Morelos, en el estado de Oaxaca. Comenzó cuando tenía 20 años de edad, la acompañaba mi hermano mayor —quien se dormía en el rebozo— su chiquihuite de carrizo repleto de tunas enormes y su esperanza. Ella me ha enseñado que la tierra tiene un gran valor, solo es necesario trabajarla, cuidarla y esperar con paciencia el tiempo que sea necesario para disfrutar de los frutos que la tierra nos brinda, ya que es ella quien nos alimenta. Este trabajo nos ha permitido a mi familia y a mí obtener un ingreso económico y solventar gastos de nuestras necesidades básicas.
Mi mamá es el pilar fundamental de mi familia, una mujer que ha trabajado bajo el sol y la lluvia, en días buenos y no tan buenos. Es el ejemplo verdadero de la resistencia ante las adversidades de la vida, una lucha por llevar el sustento a la familia. Ahora tiene 53 años de edad y sigue en pie la venta de las tunas, es ella la guardiana de los tunillos, la que les habla, la que espera con paciencia el tiempo de la naturaleza, cuida la tierra, el agua y las plantas porque sabe que el verdadero valor de las cosas se encuentra en ella.
Ahora que me encuentro estudiando en la universidad, entiendo que mi mamá me ha entregado un pedacito de su corazón en cada palabra de aliento, la cual me inspira a seguir adelante, es ella quien me anima a seguir luchando día con día para cumplir mis sueños que un día le conté; pero no son solo míos, ahora los comparto con ella y me recuerda que somos dos personas caminando de la mano tratando de alcanzar un solo objetivo. Ese acto de amor es el que me ha marcado, sobre todo, porque mi mamá me ha acompañado y animado en los días buenos y malos.
Gracias mamá por todo lo que me has dado desde lo profundo de tu corazón. Sé que me toca a mí seguir por el camino de la vida, llevando siempre en la memoria a quien me enseñó con su ejemplo que, a través de su trabajo, la valentía, la paciencia, el esfuerzo, el amor y, sobre todo, la resiliencia, es posible alcanzar lo que soñamos. Y si alguien me pregunta quién es ella, con orgullo responderé: es Silvina, una mujer que ve a las tunas no solo como un fruto, sino como su verdadera mina de oro, símbolo de esperanza y futuro.


María Janeth Vásquez Santiago
Soy Janeth, orgullosamente hija de campesinos, vivo en la comunidad de Maguey Largo, San José del Progreso, Ocotlán, Oaxaca. Y me gusta compartir las historias de quienes me han enseñado a valorar la vida en el campo.







