San Antonio del Barrio, Usila, Tuxtepec, Oaxaca.
Hace tiempo, cuando tenía entre cuatro y cinco años, yo era una niña muy curiosa y con muchas ganas de aprender. Me gustaba jugar con la masa de ese preciado maíz que recibíamos de la madre tierra, mientras mi mamá se ponía a hacer tortillas, había veces que no me dejaba tocarla porque podría desperdiciarla, pero, aun así, yo la observaba fascinada, mientras mi madre Filomena preparaba nuestros alimentos, ella solía decirme con firmeza y ternura: “observa cómo hago las tortillas, porque un día tendrás que ayudarme cuando seas jovencita. Yo no soy eterna, pero mis enseñanzas sí lo serán.”
Para mí, mi mamá hacía (y sigue haciendo) magia en la cocina. Sus manos convierten los ingredientes más sencillos en sabores únicos, su inigualable y exquisito sazón nos acaricia el alma en cada guiso. Junto con mi papá Rafael y mi hermano Eduardo formamos una pequeña familia donde mamá es el corazón que late con fuerza. Nada le impide a ella ayudar a mi papá en las labores del campo, creo que es muy importante el apoyo mutuo entre los padres, porque ellos son los que siembran el amor en nuestro hogar.
Recuerdo cuando mamá nos llevaba a mi hermano y a mí al campo, a veces para traer leñas, otras para recoger frutos. En la temporada de siembra del maíz, mi papá se adelantaba al amanecer para ganar tiempo en el trabajo, principalmente para realizar los cortes de las malezas, más tarde llegábamos nosotros con mamá, siguiendo su paso firme y sereno. Cuando me tocaba ir a la escuela, ella partía sola, pero siempre dejaba lista la comida y las tortillas, como un abrazo que nos esperaba al regresar.


Conforme fueron pasando los años, también crecieron las enseñanzas que debía asumir con mayor sinceridad y responsabilidad. Parecía sencillo guisar o hacer tortillas con solo mirar a mi mamá hacerlo, pero descubrí que al momento de intentarlo no era tan fácil, tortear, cortar la carne, buscar los condimentos justos para la sazón, en fin, todo se volvía más complicado. En mi caso, solía confundirme buscando y usando los condimentos adecuados, entre el comino y la pimienta, sin saber cuál debería de usar para darle un buen sabor al caldo de res o al caldo de pollo. Para algunos, tal vez sea una tontería, o incluso una barbaridad de confusión, pero para mí era parte del aprendizaje, así como hay quienes no distinguen o suelen confundirse entre cilantro y perejil, yo aprendía equivocándome, corrigiendo y volviendo a intentar, eso ha sido para mí, una forma de transmitir amor a los míos.
Dejando a un lado la cocina, existe otro legado igual de valioso: el telar de cintura. En mi región, es muy importante preservar la tradición del bordado de la indumentaria tradicional, se considera un acto de memoria y resistencia. El huipil, más que una prenda, es un símbolo de identidad como mujeres chinantecas, distingue a la jovencita de la mujer casada y guarda en cada uno de sus hilos, colores y técnicas la historia de nuestra gente.
Aunque hoy casi no se use, aún quedan abuelitas que lo portan con orgullo y preservan la técnica del bordado de las figuras, en la que plasman figuras llenas de significado y la memoria oral de nuestros antepasados. Me llena de orgullo saber que esta tradición sigue viva, que aún se preserve entre generaciones, tal como mi abuela le enseñó a mi mamá y ella, con la misma paciencia, me lo enseñó a mí, porque en cada puntada no solo se borda un diseño más, sino, bordamos memoria, resistencia e identidad de nuestro San Antonio del Barrio.
El bordado se enseña y transmite a las niñas desde pequeñas, para que ellas puedan ir tomando práctica, primero comienzan bordando servilletas, pues para el huipil la técnica es más complicada: se requiere contar los puntos de rellenos para cada figura que se realiza. Decían las abuelitas que bordar sirve como entretenimiento de sus ratos libres y también para no desperdiciar el tiempo, aunque claro, nunca deben faltar sus momentos de divertirse en sus propios juegos de la infancia.
Lo que me inspiró a adentrarme en el bordado, fue un cuento que mi abuela solía contarme, en él hablaba de la creación de los animales que habitan nuestro territorio. En seguida comparto una pequeña parte de lo que ella decía:
“El tepezcuintle, el jaguar y el armadillo, recibieron de Dios la orden de terminar de tejer en el telar de cintura y, al mismo tiempo, el bordado de figuras antes de que el sol iluminara el primer día en la Tierra, porque con los tejidos que elaboraran, ellos deberían cubrir sus cuerpos, y a partir de ello definirían su imagen. El tepezcuintle y el jaguar lograron terminar sus huipiles a tiempo, por ello hoy lucen hermosos pelajes. En cambio, el armadillo solo alcanzó a dejar a medias su trabajo, con hilos colgados en su telar. Por esta razón, el caparazón del armadillo muestra esas capas en forma de hileras, porque no terminó a tiempo su huipil como Dios le había ordenado”.


Actualmente, sigo aprendiendo y poniendo en práctica todo lo que me ha enseñado mi mamá y mis abuelas, aún me falta camino por recorrer, pero estoy convencida de que lo que bien se aprende, jamás se olvida, así como tampoco hay que olvidar nuestras raíces, quiénes somos y de dónde venimos, y a nuestros padres, quienes son y serán nuestros maestros de vida.
Me ha tocado estar lejos de mi familia para continuar con mis estudios, y aunque algunas veces se torna difícil, esto no lo veo como un impedimento ni mucho menos como excusa para dejar de preservar las costumbres y tradiciones de mi comunidad. Al contrario, salir me ha dado la oportunidad de conocer nuevas personas y acercarme a otras comunidades y regiones del estado, de descubrir y compartir su cultura, sus costumbres y tradiciones.
En conclusión, mi historia es sinónimo de resistencia, de saberes que se crean desde la familia y se comparten en comunidad, es una historia no solo mía, sino la historia de muchas y muchos jóvenes que crecimos entre el olor de las tortillas recién hechas, los hilos de cada bordado y las enseñanzas del campo. Preservar costumbres y tradiciones de nuestra comunidad, como joven, y como mujer orgullosamente indígena, hablante de lengua chinanteca, me siento honrada con cada momento que convivo con mi familia, en especial con mi mamá, ya que cada lección que ella y mis abuelas me han transmitido, me refuerzan que el conocimiento no se limita a lo que aprendemos en las escuelas, sino que también se siembra en el corazón, en la lengua, en la memoria y en las costumbres de nuestro pueblo.
Preservar nuestras costumbres y tradiciones no es solo un deber, es un acto de amor hacia quienes nos antecedieron y un compromiso con nuestras niñas, niños y las próximas generaciones. Porque, aunque los años pasen y la vida nos lleve lejos, siempre habrá algo que nos regrese a nuestra esencia: la certeza de que podremos dejar nuestro pueblo, pero el pueblo jamás saldrá de nosotros.


Liliana Martínez Martínez
Soy una joven mujer de origen indígena chinanteca, hija de padres campesinos. Me gusta observar lo que mis padres realizan, como lo son las labores del hogar y del campo, en especial a mi mamá, ella es mi ejemplo de seguir preservando la cultura, costumbres y tradiciones de la comunidad.








