Ciudad Guzmán, Jalisco, México.
La comida es algo central en la cultura de México y otros países de Latinoamérica, es la esencia de muchos rituales, tradiciones y celebraciones: el día de los reyes magos con la tradicional rosca reyes; el día de la candelaria con sus tamales; las cenas navideñas y las noches mexicanas en septiembre son solo algunos ejemplos del papel fundamental que juega la comida en estas sociedades. A pesar de esto, se conoce poco sobre el origen de los alimentos y su producción, en especial de aquellos que salen de la tierra y son la base del resto de la comida.
Este desconocimiento es mayor si se habita en las ciudades, muchas personas están desconectadas del origen y todo el proceso que se pone en marcha todos los días para colocar comida en sus platos ¿No es esto una contradicción? ¿Por qué algo de lo que dependen la vida y la cultura de todas las personas resulta tan lejano para muchas?
Cuando pensamos en agricultura, ¿qué viene a nuestra mente? Probablemente imágenes de grandes extensiones de tierra, campos perfectamente alineados, tractores y fábricas donde resaltan personas con guantes y cubrebocas que se aseguran de la higiene de los productos, imágenes que se traducen en realidad para grandes empresas agroindustriales, entonces ¿así se producen todos los alimentos que llevamos a nuestras bocas?
Estas ensoñaciones están muy lejos de reflejar la realidad de la producción agrícola mexicana, un área compleja donde intervienen muchos factores e intereses: donde hay desigualdades y disputas, despojo, enriquecimiento, crimen organizado y contaminación, pero también identidad, rituales, tradición, oportunidades, vida y muchos otros factores.
Para sorpresa de nadie, a mediados de octubre de 2025, los agricultores de diversas partes de México llevaron a cabo mega bloqueos en diferentes carreteras y autopistas del país, fue su forma de protestar para posicionarse en la agenda pública y exigir mejores condiciones para los campesinos. Las vialidades más transitadas quedaron paralizadas por horas por una barrera de agricultores y tractores, que exigían precios justos y apoyo al campo.
Los videos de los bloqueos no tardaron en llenar las redes sociales con canciones de orgullo mexicano, y así fue que, por primera vez, después de mucho tiempo, los mexicanos habían recordado la importancia de la agricultura. Gran parte de México se detuvo para mirar a esas personas: las que viven fuera de las ciudades, que trabajan la tierra de sol a sol, produciendo los alimentos que llegan a nuestras mesas.
Tractores y comida por el suelo eran lo que más llamaba la atención al exigir precios justos, argumentando que el campo ha sido abandonado, un campo que se vuelve más caro por todos los insumos que utilizan. Pero esta manifestación de agricultores organizados no tardó en fragmentarse. Los usuarios en redes sociales no desaprovecharon para compartir su indignación, desde comentarios de enojo por quedar atrapados en el bloqueo hasta comentarios que señalaban que esos agricultores no los representaban.
Las manifestaciones de agricultores dejaron en evidencia las dos realidades de quienes trabajan la tierra: la de las campesinas y los campesinos que trabajan arduamente, sin otra opción, muchos de ellos y ellas sin tierra, con varios años encima y enfermedades; y la realidad de los dueños de grandes porciones de tierra y empresas agroindustriales, grandes beneficiarios de este sistema de producción que con despojo y sobreexplotación se enriquece, pero envenena el suelo, traen enferma y hambre.
Entre las exigencias que se hicieron durante las manifestaciones de agricultores se encontraba un apoyo económico y la entrega gratuita de agroquímicos, sustancias que ahora se consideran indispensables para producir la exagerada cantidad de alimentos que aparentemente necesitamos. Mucho se ha dicho sobre estas sustancias, a veces discursos opuestos que generan confusión y escepticismo, en un deseo de aclarar el panorama sobre lo que son y el papel que juega en la producción de nuestros alimentos es que dedicamos esta edición de Teocintle.


¿Qué es eso que alimenta el suelo?
En abril de 2023, diversos medios de comunicación de Jalisco informaron que investigadores del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA) de la Universidad de Guadalajara, identificaron presencia de neonicotinoides (plaguicidas) en alimentos que se venden en los tianguis y mercados del sur de Jalisco. De las 31 muestras que se obtuvieron de alimentos de: frambuesa, fresa, manzana, naranja, plátano, guayaba, mandarina, uva verde, aguacate, cebolla, chayote, jitomate, elote blanco y amarillo, pepino, papa, frijol y tortilla; el 61% tuvo presencia de estos plaguicidas y el 26% de otros pesticidas diferentes.
Los neonicotinoides son un tipo de insecticida químico que se utiliza para el control de plagas en la agricultura, su nombre viene de “nicotina”, porque están diseñados para actuar de forma similar a esta sustancia sobre el sistema nervioso de los insectos: al aplicarse sobre la planta, la sustancia ataca los receptores nerviosos provocando una sobre estimulación nerviosa, parálisis y luego la muerte del insecto.
Estos plaguicidas son cada vez más utilizados en la agricultura que produce un solo cultivo como: los campos de maíz, soya, algodón; hortalizas como jitomate, chiles, pepino, brócoli, lechuga; frutales como cítricos, aguacate, uvas, manzana y durazno; e incluso es utilizado para plantas ornamentales como rosales o suculentas. Pero para entender cómo es que estos insumos químicos se han vuelto indispensables, primero tenemos que conocer qué son.
La Dra. Blanca Catalina Ramírez Hernández y el Dr. Javier García Velasco explican que:
Los productos agrícolas de origen sintético se emplean como fertilizantes, insecticidas, herbicidas, fungicidas o reguladores del crecimiento, todo ello con la finalidad de proteger los cultivos, pero también de garantizar la producción (…). Algunos ejemplos de usos de agroquímicos son para el control de las llamadas malezas como el glifosato, los insecticidas para control de plagas, los fungicidas (para control y prevención de hongos patógenos), los fertilizantes sintéticos para aportar principalmente nitrógeno, fósforo y potasio o bien algunos promotores de crecimiento, maduración o bien floración.
Se puede dividir a los agroquímicos en dos grandes áreas. Por un lado, están los fertilizantes encargados de aportar elementos a la tierra y las plantas para que tengan un mayor crecimiento, produzcan más cantidad de frutos y resistan cambios extremos del clima.
Por otro lado, existen pesticidas o plaguicidas usados para deshacerse de las llamadas plagas que pueden amenazar los cultivos. Estos pesticidas se nombran y clasifican en subtipos de acuerdo al organismo que ataca, entonces en el mercado se pueden encontrar insecticidas para el control de insectos; fungicida para los hongos; molusquicida para moluscos; ovicida para los huevecillos; herbicida para malezas; acaricida para los ácaros; rodenticida para roedores y nematicida para un tipo especial de gusano.
Esta gran variedad de productos es fabricada y distribuida tanto por empresas nacionales y trasnacionales. En México, según datos del Censo económico 2019, esta industria generó ingresos $55,668 millones de pesos, los dos estados que más agroquímicos fabrican son Veracruz y Michoacán de Ocampo. Asimismo, los estados con mayor cantidad de empresas que elaboran estas sustancias son Sinaloa, Jalisco y Guanajuato, que, según el censo agropecuario 2020, son los dos mismos estados con mayor producción agrícola. Pero ¿cómo se convirtió la industria de agroquímicos en una necesidad?
De la guerra al surco: el origen de los agroquímicos








Históricamente, la agricultura campesina se ha fundamentado en una relación fraterna de reciprocidad entre los seres humanos y la naturaleza, donde ésta provee de los alimentos y otros bienes que las personas necesitan para vivir, mientras estas la cuidan y la respetan. Sin embargo, este vínculo comenzó a quebrantarse a partir del siglo XVI con la irrupción del capitalismo y la expansión de la idea de que el hombre era superior a todos los demás seres de la Tierra, incluidas las mujeres. A partir de entonces, el vínculo solidario con la madre Tierra se transformó en un deseo de conquista que, en la agricultura, significó muerte y sobreexplotación.
A mediados del siglo XIX, las tierras de Europa occidental estaban en su mayoría desgastadas, lo que llevó a que se empezaran a buscar formas de, al menos, mantener los niveles de producción anteriores. Esto llevó a científicos a investigar los procesos de crecimiento y reproducción de las plantas y, después, a proponer formas de ayudarlas a obtener sus nutrientes con mayor facilidad. Nacen así la química agrícola y los primeros fertilizantes sintéticos, que, luego de aplicarse en Europa, pasaron a emplearse intensivamente en los campos de los Estados Unidos, donde también creció el uso de maquinaria agrícola, lo que marcó el inicio de la agricultura industrial.
Mientras esto sucedía a principios del siglo XX en Norteamérica y Europa, donde se sufrían los efectos devastadores de la Primera Guerra Mundial, México se reponía de las zozobras de la primera revolución social del siglo XX. Uno de los principales logros de esta revolución sería la reforma agraria, que devolvió grandes extensiones de tierra a los campesinos a través de los ejidos, aunque también se mantuvo el interés del Estado en fortalecer una agricultura empresarial capitalista y moderna, capaz de alimentar a la creciente población mexicana que se volvía urbana y obrera.
Para lograrlo, en 1941, el gobierno de México propuso a la Fundación Rockefeller desarrollar en el país un programa de investigación y ayuda técnica que permitiera incrementar la productividad agrícola y combatir el déficit alimentario, mediante el desarrollo de nuevas variedades de trigo y maíz resistentes a enfermedades y con mejores rendimientos que las variedades criollas. Fue así como se crearon variedades semienanas de trigo con alto potencial de rendimiento, que resistían la roya del tallo, no se acamaban con el viento (el tallo se dobla hacia abajo) y podían aprovechar grandes cantidades de fertilizantes, a la vez que se desarrollaron distintas variedades de maíz con alto rendimiento.
Paralelamente a la evolución de estos sucesos en México y América, en Europa se libraban las batallas de la Segunda Guerra Mundial que, aun en la desgracia, generaban grandes beneficios para algunos actores, entre ellos las empresas dedicadas a la industria química, que fabricaban armas para las potencias a las que servían, y las empresas productoras de maquinaria, que manufacturaban tanques y otros medios de guerra. Estas empresas adquirieron tal poder económico que, lejos de debilitarse con el término de la guerra en 1945, pudieron hacer valer sus capacidades técnicas y de negociación para reorientar sus productos bélicos hacia la emergente, dinámica y lucrativa agricultura industrializada. Fue así como diversas armas químicas y biológicas dieron origen a los agroquímicos, mientras que la fabricación de explosivos permitió la fabricación de fertilizantes nitrogenados y la tecnología de los tanques de guerra se trasladó a la fabricación de tractores. Otros inventos de la industria nuclear se aplicaron a la fabricación de sistemas para el control de plagas y la conservación de alimentos.
En los años siguientes, los logros alcanzados en México con la producción de las nuevas variedades de semillas mejoradas debieron ser acompañados con la incorporación de fertilizantes inorgánicos que acelerarán el crecimiento de las plantas, así como de agrotóxicos que limitaran los efectos nocivos ocasionados por el aumento y diversificación de plagas provocadas por en las parcelas de un solo cultivo. Fue tanta la necesidad de estos insumos para el éxito del nuevo modelo agroproductivo que el Dr. Norman E. Borlaug, padre de este proyecto, los identificó y promovió como elementos “absolutamente necesarios para hacer frente al hambre”. Igualmente, se requirió un mayor uso de maquinaria e infraestructura de riego, lo que abrió las puertas para la expansión y fortalecimiento de las grandes empresas proveedoras de todos estos elementos, originarias en su mayoría de los Estados Unidos, sobre todo cuando este modelo fue exportado a otros países de Asia y África, donde se aplicó a otros cultivos como arroz, sorgo, cebada o mijo. Ello dio lugar al fenómeno que después sería conocido como revolución verde, concepto con el que se quería destacar la importancia del uso mundial de estas nuevas tecnologías de producción de alimentos para atender las necesidades alimentarias de la humanidad, así como su valor político para contrarrestar las revoluciones políticas que se desarrollaban en el marco de la Guerra Fría.
Don Max, campesino de toda la vida, ahora es un productor agroecológico, pero hijo de un largo legado de campesinos que le enseñaron a trabajar la tierra con estos químicos recuerda cómo llegaron:


Mi papá, cuando empezaron a usarse los químicos, que le nombran abono, esos fueron los que empezaron a envenenar las tierras. Veían que le echaban y que la tierra daba más maíz, o sea, más grosor, más tamaño, más bueno.
Fragmento de entrevista con sr. Máximo
Y se fue usando y pues la gente que veía que le echó decía “ah, mira, ¿Qué le echaste a tu milpa?”, “no, pues compré fertilizante”, y pues ya uno se iba con la idea de comprar también, aunque siempre ha estado caro, pero por eso dicen, “No, pues es que con eso sí se da y solas no se da”. (…) Y ya después trajeron que el urea; ya después que el triple; ya después, sabe qué tantos abonos hay ahorita.
¿Y les explicaron en algún momento cómo usarlos?
No, como a la persona que ya le había echado, pues nomás ahí ya se le preguntaba, ¿Cuánto? “No, pues un puñito. Si lo agarras lleno en la mano, dicen, te ajusta para unas dos o tres matas [plantas]”.
¿Por qué cree que tuvieron tanto éxito en quedarse?
Tuvieron éxito porque se vio la producción, yo pienso, por ese motivo se quedaron. Porque los poquitos que habían comprado vieron que su labor funcionó y pues ya para el próximo año pues ya vendieron más y se fue haciendo más y más.
Pero, ¿en algún momento, mientras los utilizaban, pensó que estaban en peligro, ustedes?
No, nunca. Nunca se piensa decir, “Ah, este si le echamos este abono pues nos va a hacer daño, o algún día nos va a hacer daño.” No, nunca se pensó. Porque lo que se requería era sacar la cosecha, mucha, buena.
Se han detectado múltiples sitios en diversos estados de México afectados por plaguicidas persistentes, los cuales causan severos daños a los ecosistemas acuáticos, tanto en aguas dulces como saladas. Además, el uso de fertilizantes inorgánicos contamina al menos el 10.5% de los puntos de agua en el territorio. También se han reportado impactos en la salud de los trabajadores rurales, residentes de comunidades cercanas y a las personas que consumen alimentos contaminados con agrotóxicos en varias zonas productivas, incluyendo algunas en el sur de Jalisco.
Naturalmente en el suelo viven organismo que benefician el crecimiento de plantas pero el uso de agroquímicos los elimina, perdiendo la capacidad del suelo para retener nutrientes y agua lo que se traduce en un suelo infértil, lo que a su vez genera la necesidad aplicar más agroquímicos para hacer crecer los cultivos, un círculo vicioso de la industria agrícola y alimentaria actual.
Lo que entra al suelo, a los cultivos y a nuestros cuerpos
La Dra. Blanca Catalina Ramírez Hernández y el Dr. Javier García Velasco pertenecientes al CUCBA, nos explican que el uso de algunos agroquímicos causa efectos neurotóxicos, genotóxicos y hepáticos en humanos, es decir, sustancias que dañan el sistema nervioso humano; causan mutaciones en el ADN lo que está relacionado con el aumento en el riesgo de cáncer y genera daños en el hígado. En ese sentido, acorde a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición crónica a plaguicidas en alimentos frescos provoca millones de intoxicaciones y miles de muertes cada año, en cualquier personas que entre en contacto, inhale, consuma o beba algo que estuvo en contacto con pesticidas.


La lista de Plaguicidas Altamente Peligrosos (PAP) -elabora por La Red de Acción sobre Plaguicidas y Alternativas en México (RAPAM), El Cuerpo Académico de Contaminación y Toxicología Ambiental, pertenece a la Universidad Autónoma de Nayarit CONTOX-UAN, la Red Temática de Toxicología de Plaguicidas y La Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas de América Latina (RAP-AL)- revela que el uso de 210 ingrediente activos altamente peligroso para la salud humana y el medio ambiente está autorizado en México, de los cuales 171 están prohibidos en otros países. La lista detalla las afectaciones relacionadas en el cuerpo humano que se expone a estos agroquímicos:
Con una toxicidad aguda muy alta cuentan con autorización 67 plaguicidas. más otros 39 capaces de causar la muerte por inhalación (…). Entre los plaguicidas que causan efectos crónicos (a largo plazo) (…) se enlistan 45 (…) como probables y posibles cancerígenos, 42 que son tóxicos para la reproducción humana, es decir, puede perjudicar la fertilidad o el feto, 46 que son alteradores hormonales (…).
Para agravar la situación muchas de las marcas han perdido la patente y por lo tanto han generado formulaciones propias que se ha demostrado ser más tóxicas que el propio ingrediente activo
(…) Además, en estimaciones de mercado recientes, se encontró que 19 de los 30 plaguicidas de mayor venta en el país son PAP y están prohibidos en otros países; esto incluye a los herbicidas 2,4-D, diuron, fluazifop, glufosinato de amonio, glifosato y paraquat; los insecticidas clorpirifos, cipermetrina, fipronil, imidacloprid, malatión, metomilo y tiametoxam; y los fungicidas clorotalonil, compuestos de cobre, mancozeb, metalaxil, tebuconazol y tiofanato de metilo (…).
En junio del 2019, la noticia sobre el caso de niños y niñas de la comunidad del Mentidero, Jalisco orinando plaguicidas, atrajo la atención nacional. Escrita por la periodista Mayra Vargas, informó sobre los resultados de los estudios que realizaron investigadores del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) Occidente y de la Universidad de Guadalajara:
En marzo de 2018 fue tomada la primera muestra en 178 niños y niñas de kínder y primaria de El Mentidero, de un rango de edad de tres a doce años. En este primer muestreo se encontraron al menos diez distintos tipos de plaguicidas, Glifosato, 2,4-D, Molinato Picloram, Metomilo, Emamectina, Paration, Lambda Cihalotrina, Malation e Imazalil. El 100 por ciento presentó en su orina cuatro tipos de insecticida y uno de herbicida, mientras que el 97 por ciento registró Glifosato y Molinato en su organismo
Fragmento de nota del medio Letra Fría, 2019
La noticia por sí sola fue alarmante, pero estos casos no son los únicos. En la Ribera del Lago de Chapala, años antes investigadores de la UdG también detectaron metales pesados y agroquímicos en la orina de las niñas y los niños de la comunidad de Agua caliente, en el estudio se determinó que la presencia de los agroquímicos y metales pesados y las afectaciones a la salud de los niños y niñas de esta comunidad tiene múltiples causas multifactorial, como el exceso de agroquímicos, la contaminación del agua del Lago de Chapala, principal fuente de consumo de la comunidad, del aire y de los alimentos (Gaceta UdG, 2017).
Aunque los territorios son diferentes tienen un común denominador, la presencia de agroindustrias en sus territorios. Son los estudios que nacen en la academia o por iniciativas propias e incentivados por la comunidad, los que dejan registro del envenenamiento que estas industrias imponen a las comunidades rurales.
Los primeros síntomas de la exposición a los agroquímicos son mareos, vómitos, dolor de cabeza; pero los investigadores del proyecto de Reconfiguración agroecológica, alimentaria y de salud (RAAS) informan que la exposición a largo plazo y por tiempo prolongado puede causar enfermedades como Insuficiencia renal, problemas respiratorios, trastornos nerviosos, cáncer, cirrosis del hígado, trastornos reproductivos, entre otras que afectan la calidad de vida no solo de las niñeces, sino de todas las personas expuestas.
Los investigadores de la Universidad han referido que la exposición directa no es la única causa, sino también a través de la ropa: estos químicos contaminan el aire y se adhieren a la ropa que al contacto con los asientos en los que se transportan a sus casas, los abrazos que les dan a sus familias o el agua con la que se lava, estos se transfieren. Sin olvidar que estos químicos se quedan en las raíces, en los tallos, en el agua que se infiltra en el suelo, en la tierra que se utiliza, en los frutos que se producen para su venta y que llega a nuestra cocina con químicos que la OMS ha informado que aun con la desinsectación de estos, permanecen.
En el Rodeo, comunidad de Gomes Farías en el sur del estado; madres de la comunidad se preocupan por estudios alarmantes que también se realizan en el territorio por investigadores de la Universidad de Guadalajara.
Lucía López es una de esas madres, originaría de la comunidad, menciona que no cambiaría el pueblo por una ciudad, pero es consciente que las cosas han cambiado y que para sobrevivir hay que adaptarse. Su familia ha trabajado la tierra toda su vida, y ella fue testigo de cómo fueron llegando las huertas de cultivos como aguacate y de cómo los habitantes fueron rentando sus tierras porque ya no tienen tiempo y buscaban mejorar su economía. También comparte como la comunidad ha vivido los resultados de las investigaciones, pues aún con la información que los investigadores les han explicado sobre la salud de sus hijas e hijos, son pocas las madres que acuden a continuar con el seguimiento y que fuera de la escuela donde se está realizando el trabajo, la población no está enterada.


Lucía recuerda el lugar donde creció como un lugar lleno de naturaleza, donde ni los químicos ni la comida industrializada hacían presencia, sabe que nada volverá a ser igual, que la economía cada vez es más complicada; pero confía en un cambio, en una vida sana. Ha comenzado a estudiar homeopatía como muchos de la comunidad, muchos que también trabajan la agroecología, personas que cuando se juntan son el inicio de un cambio. A veces reflexiona sobre los resultados y se pregunta si las niñeces tienen agroquímicos ¿que será de nosotras y nosotros que llevamos más años expuestos a ellos?
Sobre la niñez, ellas y ellos se cuestionan también sobre el cambio evidente del territorio, cómo es que el cambio de uso de suelo dejará el bosque donde viven venados y pumas, cómo ese cambio que ha llegado a la región les afectará porque también han sido acompañados en la Escuelita Agroecológica para niñas y niños, conocen los efectos de los agroquímicos pero la información en un contexto adultocentrista no se puede dialogar en casa, al final mamá y papá siguen utilizando FAENA.
Transformación urgente
De acuerdo con la FAO, América Latina y el Caribe aportan alrededor del 14% de la producción mundial de alimentos, una cantidad suficiente para abastecer a toda su población. Sin embargo, según el mismo organismo, en 2023 alrededor de 41 millones de personas padecieron hambre en la región, una cifra equivalente a toda la población de un país como Argentina. El hambre, entonces, no es consecuencia de la falta de alimentos, sino de un modelo histórico de desigualdad, concentración y despojo que sigue marcando la vida de millones de personas.


El Informe sobre el Índice de Desperdicio de Alimentos 2024 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, explica que en 2022 se desperdiciaron 1,050 millones de toneladas de alimentos a nivel mundial, una cantidad que habría sido suficiente para alimentar durante un año a toda la población que hoy padece hambre en el mundo, y aun así sobraría comida. El problema no es la escasez, sino la forma en que producimos, distribuimos y consumimos.
Mientras el mundo desperdicia la comida sobreproducida, países de América Latina comparten el puesto en la lista de inseguridad alimentaria aguda y la malnutrición, justificada por la crisis climática, una crisis provocada por el mismo sistema agroindustrial que impulsa la sobreproducción, consumo en exceso, desperdicio y contaminación. La inseguridad alimentaria no solo significa falta de acceso a la comida, sino también falta de acceso a comida sana, segura y nutritiva.
Aunque el problema parezca difícil de solucionar, hoy en día existen muchas alternativas, pero antes es necesario partir de un punto fundamental que es cambiar el cómo nos relacionamos con la tierra, la naturaleza e incluso con personas que son diferentes a nosotras y a nosotros. Los investigadores del CUCBA lo ponen en palabras claras:
(…) El paso más importante es repensar el modelo agrícola y alimentario. La salud del suelo, del agua y de las personas está profundamente interconectada. Por eso, promover la agricultura orgánica y regenerativa en un contexto de bioeconomía circular es una estrategia científica y ética para garantizar alimentos sanos, ecosistemas funcionales y comunidades rurales sostenibles.
Como sociedad, debemos avanzar hacia un modelo de bioeconomía circular, donde los residuos se transformen en recursos, la biodiversidad sea la base de la productividad, y la ciencia trabaje de la mano con el conocimiento tradicional campesino para cuidar la vida en todas sus formas.




Una forma de producir alimentos sin el modelo que prioriza un solo cultivo es la agroecología, tema central de esta gaceta, y que tiene su origen en revalorizar el conocimiento ancestral que se aplicaba a la agricultura antes de que los químicos de la guerra llegaran a la tierra. Miguel Altieri nos ayuda a entender este término que no deja de ser académico:
El término agroecología ha llegado a significar muchas cosas, definidas a groso modo, la agroecología a menudo incorpora ideas sobre un enfoque de la agricultura más ligado al medio ambiente y más sensible socialmente; centrada no sólo en la producción sino también en la sostenibilidad ecológica del sistema de producción.
(…) En el corazón de la agroecología está la idea de que un campo de cultivo es un ecosistema dentro del cual los procesos ecológicos que ocurren en otras formaciones vegetales, tales como ciclos de nutrientes, interacción de depredador/presa, competencia, comensalía y cambios sucesionales, también se dan. La agroecología se centra en las relaciones ecológicas en el campo y su propósito es iluminar la forma, la dinámica y las funciones de estas relaciones.
Junto con la agroecología existen otros enfoques y técnicas que ofrecen diferentes modelos agrícolas y alimenticios que se podrían agrupar en lo que se conoce como agricultura alternativa, conocidos como agricultura orgánica, agricultura regenerativa, permacultura, agricultura biointensiva y agricultura de conservación. Todas las alternativas para dejar atrás la agricultura que sobreexplota la tierra, porque si la comida que estamos produciendo no nos nutre, ¿Qué vamos a comer? ¿Qué alimentos está produciendo una industria que idea soluciones a problemas que ella misma provocó, soluciones que generan nuevos problemas?
Como sociedad debemos de entender el mundo que estamos creando, uno donde los alimentos no alimentan, donde la tierra ya no da vida. Movilizarnos y exigir es la única solución.
Sensibilizarnos sobre cómo estamos relacionándonos con la naturaleza de la que formamos parte contribuiría a involucrarnos en el conocimiento de la ética que implica saber de dónde viene lo que comemos, cuestionarnos si las grandes industrias realmente nos están alimentando o están contribuyendo también a nuestro deterioro, como ocurre con bosques, mantos acuíferos, valles fértiles.
¿Por dónde podemos iniciar? Los ritmos apresurados nos quitaron la posibilidad de cuestionar la realidad que vivimos. Podríamos partir por cuestionarnos si sabemos quién produce nuestros alimentos, ¿sabemos el nombre de la campesina o del campesino, sabemos cómo produce, sabemos la historia de los alimentos que tenemos en el hogar, podemos acudir a otros espacios de economía solidaria para conseguir alimentos libres de agroquímicos, configurar las relaciones de intercambio entre vecinos o amistades, acortar el camino del alimentos que llevamos al hogar?
¿Podríamos también considerar la posibilidad de cuestionar al mercado, las grandes cadenas de producción de alimentos que utilizan la tierra local asesinándola paulatinamente cuando podríamos sanarla, retomar el camino del trabajo comunitario y producir alimentos que nutran desde todas las perspectivas a la comunidad? ¿Podríamos permitirnos cuestionar al Estado y sus políticas públicas que en México permiten el uso de uno de los herbicidas más peligrosos, como el glifosato, y que, sin mayor recato, se utiliza a sabiendas de las consecuencias ambientales y en la salud que se han documentado en otros países, que tenemos lamentablemente ya en México, en el barrio, con nuestros hijos e hijas padeciendo daño renal?
¿A quién alimenta el sistema alimentario de este país? ¿Con qué alimenta el sistema alimentario del país? ¿Las políticas públicas están encaminadas a fortalecer al gran empresario que configura los mal llamados polos agroalimentarios, pero que saquea los territorios de naturaleza y saberes?
¿Qué pasa con las políticas públicas para abrazar la agroecología, la permacultura? Recientemente se publicó un pronunciamiento en contra de la Ley de Huertos Urbanos y Jardines Polinizadores, siguiendo el pronunciamiento convocado por la Red de Agricultura Urbana y Periurbana de la Zona Metropolitana de Guadalajara, refieren que: “La iniciativa de ley (…) no fomenta la agricultura urbana comunitaria, pone bajo control lo que hoy las comunidades ya cuidan de forma autónoma en el espacio público (…) fomentar los huertos comunitarios no es crear más trámites”.
Con la desaparecida Estrategia de Acompañamiento Técnico de la Subsecretaría de Autosuficiencia Alimentaria del Gobierno Federal, las comunidades del sur de Jalisco vivieron experiencias ambivalentes sobre el diálogo de saberes sobre agroecología y prácticas alimentarias, en algunas comunidades los mismos actores sociales que impulsaban la agroecología, también aprovechaban el espacio para hablar de la importancia del uso de FAENA, así como la donación de los espacios de Fomento Agropecuario de los municipios de <abono> para la milpa. Campesinos y campesinas se mostraron consternados por esta dinámica puesto que, como es casualidad, cuando se trata de impulsar la agroecología desde perspectivas del Estado, esta es atropellada por perspectivas de producción convencional.






¿Qué les queda a los territorios?
Por fortuna existen proyectos entre comunidades y espacios institucionales, asociaciones civiles y ONG que dialogan en la construcción de un caminar común hacia la soberanía alimentaria y el fortalecimiento de la agroecología como respuesta organizada a estas dinámicas contradictorias.
Nuestra experiencia de documentar y compartir a través de este medio, las voces rurales de México y el mundo sobre la agroecología deja clara la importancia de la construcción de redes locales y del trabajo con perspectiva comunitaria, compartiendo además las prácticas de autocuidado que tienen las comunidades en las que solicitan a Universidades y Gobierno una posición más ética sobre la intervención en cuestiones de producción y alimentación. Porque cuando el suelo se vuelve árido y la comida deja de ser alimento, el problema deja de ser agrícola y se convierte en lo que ahora es: crisis de salud, de justicia y de derechos.


Redacción de Teocintle Gaceta agroecológica
teocintlegacetaagroecologica@gmail.com








