Zapotlán el Grande, Jalisco, México
Hace unos meses soñábamos en Teocintle el maravilloso número que tienes ahora en tus manos, nos imaginábamos que podrías leer la historia de cada niña y mujer rural. De cada una que creció y se fue de su comunidad para hablar ahora desde otros territorios con la añoranza de su tierra. Imaginábamos las ilustraciones, los cuentos, los sentipensares. Yo misma me imaginé contándote cómo fui niña rural, soñando siempre con la tierra, pese a la vendimia constante de sueños de otros que nos contaban historias de terror en las que todas salimos del terruño a “prosperar” sin volver. Esos cuentos del mal llamado desarrollo.
Pero también me imaginé contándote sobre un sentimiento que compartimos muchas mujeres y niñas del mundo: el de escuchar las historias de las mujeres en voz de las mujeres, el de mirarnos a los ojos sin ser interpretadas por nadie, el de leernos en espacios que se crean en el nombre de nosotras, por nosotras, el de dejar de ser usurpadas, saqueadas, invisibilizadas.
Quería verles a los ojos para contarles que la agricultura en el mundo es sostenida por mujeres que amorosamente somos guardianas de la madre tierra: de las semillas, del agua, de los saberes; que le cantamos canciones a nuestras hijas e hijos, a las hijas e hijos de nuestras amigas y hermanas, para que echen raíces en esta tierra que cada vez nos quieren quitar con el cuento de las plagas. Otro discurso que viene de los que nos roban las ideas, usurpan nuestros espacios y reflexiones: el pensamiento de puntista, acaparador, intermediario, talador de bosques, ladrón de agua, al cabo, son lo mismo.
Sobre nuestros hombros llevamos esperanza, luz, semillas, tierra sana, la gran red que conformamos todas cuando nos nombramos, cuando ocupamos los caminos que hemos construido para permitirnos sentipensar desde nuestro centro, ¿cómo queremos transitar la agroecología?, ¿la soberanía alimentaria?, ¿nuestras prácticas ancestrales para sanar?
Y entonces, en este número que hemos soñado para todas, venimos a compartir arte, resistencia, sororidad y un camino lleno de buganvilia para las niñas que nos observan nombrándonos. Celebramos nuestra resistencia defendiendo el territorio, nuestra resiliencia para hacer pausa, reflexión y acompañamiento con otras compas y la magia de existir juntas.
Que nuestro movimiento perdure para que recuperemos el amor y el respeto por la madre, tierra de la que venimos y somos, con la ternura, fuego y rabia que también se aloja en nuestros corazones. Porque no queremos más ningún espacio de mujeres sin mujeres, ningún número que hable de nosotras sin nosotras. Nuestro caminar podemos contarlo en voz y canto propio. No queremos ser interpretadas.








