Ciudad Guzmán, Jalisco, México
He aprendido que el hogar es una misma: no hay casa que te pertenezca, no hay una ciudad que no te reciba, solo recuerdos y costumbres que nos construyen y nos guían. En mi caso, la ruralidad se convirtió en mi cosmovisión.
Estaba sentada esperando el camión que me llevaría de Gómez Farías a Ciudad Guzmán; era la hora en la que el cielo se pinta de colores para avisar que la noche está cerca. Frente a mí, veía la florería de doña Juana Aquino, que acababan de pintar con un rosa mexicano que resalta entre las casas de adobe, las cuales han sobrevivido a temblores, pero hoy se caen a los lados, y otras más nuevas de ladrillos grises con sus techos de bodega. Estaba sola y atenta a esperar el camión que me llevaría a casa, pero fui interrumpida por un señor que estacionó su camioneta justo en la banca donde una espera; después, en doble fila, otra señora que bajó saludando y un señor que llegó en su bicicleta con su bolsa de mandado, de esas de malla de colores. Todos bajaron a comprar a la panadería que estaba detrás de donde yo estaba sentada, en medio de esa rutina local.
Volví mi atención a los camiones, pues en el rato que llevaba esperando no habían dejado de pasar los que venían de los invernaderos, en los que la mayoría del pueblo ahora trabaja. En un momento todo se calmó de nuevo, pero no me sentí invadida; me sentí en casa, aunque no viva ahí. Me pregunté si cuando inició este año me imaginaría que estaría esperando el camión en un municipio al que nunca había ido y del que muy poco sabía, para ir a una casa en otro lugar donde no esperaba vivir. Pero ese momento se sintió como un apapacho cálido que no pides, pero te hace fuerte.
Llegó el camión que me llevaría a casa, pero no era uno de transporte de la ciudad: era uno urbano que conecta a las y los estudiantes, trabajadores y más personas del municipio que todos los días se mueven a Ciudad Guzmán, donde están las universidades y otros trabajos. Salimos a carretera para recorrer el bordo de la laguna que comparten los dos municipios. Los trayectos así me recordaban a los camiones que durante cuatro años me movieron de Tuxpan a Guzmán para terminar mi licenciatura, una hora de viaje que al principio me fastidiaba, pero que con el tiempo le tomé cariño. Era un momento para platicar o escuchar algo en los audífonos, pero mi parte favorita siempre fue, y es, mirar los inmensos volcanes que compartimos en la región con el estado de Colima. Cuando los miraba, me sentía en casa.


Cuando me presento, siempre digo que soy de Tuxpan, Jalisco, porque los sabores que mi paladar reconoce, la forma en la que sé que se organiza la fiesta y mi forma de ser son de allá. Mi familia es de todas partes y al mismo tiempo es de Tuxpan. Del lado de mi padre, mis abuelos llegaron a la región por la fábrica papelera de Atenquique, que obligó a los indígenas de la zona a vestir de mezclilla y botas, (Yáñez,1994) y a talar sus bosques. Pero también atrajo a familias enteras de estados aledaños que llegaron con la intención de mejorar su vida. Muchos de ellos jamás se fueron, como mis abuelos, que crecieron, se enamoraron y tuvieron a mi papá en ese pueblo de casas prestadas, pequeñas pero campiranas, que se construyeron para las familias de obreros. Su destino y legado, al menos para los hombres, fue trabajar en la misma fábrica. (Ponce de León, 2021)
Ya con mi papá en pañales, mis abuelos se dispusieron a comprar una casa en Tuxpan, a la entrada del pueblo, en una colonia que se hizo para los trabajadores de la fábrica. La mayoría se quedaron. Mi abuelo, que cada año regala ponche de granada para una de las fiestas del pueblo, cada que vamos a una celebración y ve que entregan charolas de pan me dice: “Es que ellos sí son de Tuxpan de aquí”, porque aunque sin darse cuenta se volvieron parte, siempre hubo dos Tuxpan: uno de los que llegaron junto con el tren y otro a los que se les impidió subir con su indumentaria. (Yáñez,1994)
Del lado de mi mamá, mi abuela nació en la región porque sus padres llegaron a trabajar cosechando fruta. También se quedaron. Mi madre, que nació en Michoacán en una visita a su familia, pero que creció en el Estado de México, terminó en Tuxpan porque su abuela ya tenía su casa ahí y su mamá, mi abuela, tenía los mismos planes, porque en la ciudad conoció la vida en la que tener algo propio era difícil, donde se vive para trabajar, pero en su caso trabajos de limpieza o cocina, que era lo que se permitía. Mi mamá me dice que cuando llegó, Tuxpan era diferente, más pequeño y parecido a un rancho, pero aun con el anhelo de la vida que dejó en la ciudad, se casó y se quedó aquí.
Ahí entro yo, que nací en Guzmán porque en Tuxpan, como en otros lados, a las parteras se les había limitado a solo sobar, y mi madre, como otras embarazadas, no podía atenderse en un hospital porque el municipio no tenía, ni tiene, hospitales aptos para atender partos. Pero crecí en Tuxpan sin saber la historia de mis padres ni la del territorio, solo agarrando cariño a sus rutinas: comiendo las ranitas que mi abuela me daba mientras torteaba, bañándome en el río antes de que estuviera contaminado, terminando las fiestas religiosas comiendo, yendo a tomar leche de ordeña por la mañana, aprendiendo qué hacer en los sismos y corriendo de las arañas que me daban miedo. Tengo la fortuna de haber crecido en un territorio que, aunque hoy se dice ciudad, tiene la esencia de un pueblo, con sus cosas buenas y malas, pero que me ayuda a conectar con lo que veo como hogar.
Después crecí y la vida cambió, mi vida. Crecí y decidí estudiar periodismo. La realidad es que no era una comedora de libros y hablar no era mi habilidad; solo era curiosa, pero en el camino aprendí a ver la vida desde otras perspectivas que antes ignoraba. Desde entonces, los paisajes por los que a diario circulaba para llegar a mi casa llamaban mi atención por la inmensa cantidad de monocultivos que están sobre la carretera. Pensaba que si eso era lo que alcanzaba a visualizar, qué sería de lo que no está a la simple vista. Y ahí comencé a curiosear y entender por qué falta el agua, por qué la gente está enferma, por qué cada vez hay menos naturaleza. Pero no entendía por qué, si era tan malo, seguían creciendo las zonas áridas y uniformes.
La región que tradicionalmente es campesina y que sembraba calabaza, frijoles y maíz midiendo la distancia con los pies, hoy está rodeada de árboles de aguacate, un fruto ahora modificado, pero que antes solo se encontraba en Michoacán y que tanto daño le ha causado, porque su fama lo llevó a mercados internacionales. Pero no es el único: al menos en Zapotlán, comparte el 49% del suelo dedicado a la agricultura (IIEG,2024) con los cerros talados y cercados con los cultivos de agave y de berries que son exportados, todos atenidos a la demanda de la agroindustria que los obligaba a producir más rápido, implementando fertilizantes químicos y tractores para acelerar el proceso.


Con el reconocimiento a Jalisco del gobierno estatal como el “gigante agroalimentario”, de acuerdo con un reportaje publicado en ZonaDocs, Ciudad Guzmán contaba con más de 15 mil personas que la agroindustria atrajo en 2024, sumándole las y los estudiantes que aloja por tener el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara y un campus del Tecnológico Nacional de México. Solo con eso, en 2019 un documento del gobierno municipal registraba que las rentas habían incrementado su precio un 20%. Pero ahora es visible cómo municipios cercanos como Gómez Farías o Zapotiltic cada vez se ven más demandados.
Pero esto pasa en la ruralidad: lugares fuera del foco de atención y, por consecuencia, desatendidos y al pie de la violencia, con permisos abiertos para las grandes empresas. Porque aunque carecemos de plazas con grandes cadenas comerciales, el crecimiento económico de la zona ha sembrado la idea de aspirar a una ciudad de pavimento, con mercados comerciales a los que sólosolo puedes llegar en carro y trabajos que sirven a la agroindustria.
Por eso, estudiamos y queremos irnos a la gran ciudad: esa que sí es ciudad porque tiene plazas comerciales grandes, restaurantes, antros y bares chidos, pero sobre todo más trabajo. No niego que yo lo pensé, porque, ¿para qué estudiar algo que no podemos ejercer?, ¿para qué quedarnos a la espera de que los presupuestos se aprueben para siquiera arreglar las carreteras o tener hospitales dignos? Pero también sé que vivir en la Zona Metropolitana, o cerca, hoy también es un fastidio. No comparo mis trayectos de transporte con las horas navegando entre el tráfico y los mares de gente.
Mi mamá, con frecuencia, me decía que yo estaba enamorada de Tuxpan, porque no quería irme. Pero, aunque tenía razón, había encontrado una forma de conocer otros lugares desde lo habitual: desde lo que hace su gente, lo que come y lo que sufre. No por intentar tener otra vida, solo observar desde la realidad, desde la ruralidad que los territorios aún guardan.
Pero para lograr todo esto, siempre procuro ir acompañada de alguna amistad mía que es del lugar. Así conocí Manzanillo, Colima, con mi amigo Andrés, que me llevó al cerro de la Cruz para ver el amanecer y la parte del mar que estaba detrás; experiencia que, aun pagando el mejor hotel, jamás la hubiera tenido. También, de la misma manera, conocí Guachinango, Jalisco, de donde es mi amiga y tocaya Sofía Caro, a la cual, cuando la presento, siempre le digo a la gente que le pregunte de dónde es, para ver si conocen su pueblo de peculiar nombre y el cual conocí sobre una cuatrimoto con la guía de mi amiga. En mi visita, también me llevó a una peregrinación caminando por senderos llenos de flores silvestres de colores. Antes de salir, su mamá nos preparó una ensalada para que, al llegar a nuestro destino y antes de entrar a misa, comiéramos como es tradición. Al regreso, nos recibió con un té de limón, del cual, al platicarle que ese aroma y sabor me recordaba a mi abuela, antes de partir me regaló un pedazo de planta para sembrarla en mi casa.


Andrés y Sofía Caro también han ido a mi casa; conocen a mi familia y cómo comer la cuaxala que dan en las fiestas del pueblo. Y aunque mi vida está en Tuxpan, me muevo a cada lugar con la ruralidad con la que crecí. Cerca o lejos, cada lugar al que llego me abraza con un atardecer, con la comida que tiene historia de la zona, con personas que me saludan sin conocerme y con otras que me platican su cotidianidad.
Conocer esas historias me hace querer que nadie sepa de estos lugares, de estas personas, para cuidar esa amabilidad que puede ser destruida, aprovechada, saqueada. Pero, a la vez, quiero mostrarle al mundo la fuerza que conlleva permanecer lejos de los edificios. Aunque mentiría si no digo que también me ha dejado aprendizajes, anécdotas que me guardo porque tuve miedo de estar en lugares donde se notaba que no era de ahí, pero que son parte de dejar de romantizar la ruralidad y aceptar que existe violencia donde los ojos públicos solo ven recursos.
Por eso decido quedarme aquí, porque sigo mirando los volcanes que me dicen que estoy en casa y me recuerdan que cada territorio tiene sus luchas. Que hacemos falta gente que, aunque salgamos a explotar, regresemos a incidir en nuestros territorios respetando su cultura, su tierra, su conocimiento. Reconociendo que somos invitades, pero que nuestro hogar siempre lo llevaremos dentro, y fuera encontraremos esa fuerza comunitaria que me gusta pensar que es la solución a más de uno de estos problemas.
Bibliografía
Ponce de León Pagaza, Alejandro. 2021. “Pueblo de papel: la producción social del territorio en el poblado industrial de Atenquique, México.” Íconos. Revista de Ciencias Sociales, no. 69: 135–154. https://doi.org/10.17141/iconos.69.2021.3004
Yáñez Rosales, Rosa H. 1994. “Uso y desuso del náhuatl en Tuxpan, Jalisco: testimonios de los hablantes.” Estudios del Hombre 1: 115-139 https://sociolinguisticaespanol.wordpress.com/wp-content/uploads/2009/11/yanez_1994_uso1.pdf
Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco (IIEG) 2024. “Zapotlán El Grande diagnostico del municipio.” https://iieg.gob.mx/ns/wp-content/uploads/2024/08/Zapotl%C3%A1n-El-Grande.pdf


Sofía Margarita López Navarro
Soy una mujer guiada por la curiosidad. Disfruto de moverme y escuchar las historias que guarda la cotidianidad. Nieta de Margarita, mi flor que me enseñó a resistir y ver la vida desde la ruralidad.
Sofia01Margarita@gmail.com








