Lizeth Sevilla

Aún cantan los grillos en la oscuridad de la madrugada. Son las 5:00am. Sagrario va al patio de su casa a traer una olla pequeña para hacer un té.  Así da inicio su día, en la Sierra del Tigre, en el Sur de Jalisco. Durante casi 30 años ha construido un diálogo con la tierra, su tierra. Después de tomarse el té, prepara su bastimento que se llevará a la parcela, allá en el corazón del bosque.

Este día Sagrario estará todo el día  piscando maíz en su sistema milpa.  Ya  en su parcela toma una canasta, se la acomoda con un ixtle a la cabeza y se mete al surco a cantar y cosechar las mazorcas de maíz criollo amarillo, que su familia ha cuidado a través de setenta años, heredándose el saber de la tierra y los maíces de generación en generación.

Hace algunas pausas, observa con cariño sus calabazas en el suelo, el frijol que se abraza al maíz como sosteniéndose en una trinidad casi mágica.  Cantan cerca sus gallinas cada que ponen un huevo, y los pajaritos “agraristas”[1]  arriban con el sol tierno a comer un poco de maíz.  Sagrario siembra para ella y su familia, pero también para las aves, los tlacuaches, las tuzas, y todos los seres vivos que llegan a su tierra y a su cabaña. A medio día, con el sol cada vez más fuerte, baja la canasta llena de mazorcas y amorosamente va acomodando cada una en un tendido de costales que previamente acondicionó con la finalidad de que, bajo el sol, cada maicito termine de madurar.

Hace hambre. Va a su cabaña, enciende el fogón. Mientras el fuego madura, sale al monte con una jarra y una canasta, se dirige a los magueyes que sirven de lienzo vivo en su terreno. Ahí descubre uno de los magueyes que ya había capado. Con su alacate succiona cuidadosamente el aguamiel y lo pone en la jarra. Termina, pone una piedra sobre el meyolote y sigue la vereda en la búsqueda de alimento. Se detiene frente a otro maguey una Mayahuel de al menos dos metros. Ayudada de una vara que tomó en el camino y de su “piscador”, corta algunas flores del quiote del maguey. Regresa a su cabaña. El fuego casi se hace solo brazas, pone una cacerola de barro, un poco de manteca y sale a recolectar algunos huevos de sus gallinas, corta también de su huerto unas calacitas, jitomates y chiles manzanos. Regresa al fuego. Primero pone la flor del quiote en la cacerola, le va agregando jitomate, cebolla que tenía en su canasta, sal de mar y después de unos minutos agrega la calabacita y el huevo.

El olor impregna la cabaña y los alrededores. Retira la cacerola del fuego y comienza a preparar la masa. La coloca en el metate y con movimientos lentos va formando pequeñas porciones que después toma con sus palmas de las manos bien abiertas y en un ritmo constante de aplauso, va formando tortillas delgadas y grandes, perfectamente redondas. Las tiende sobre el comal y espera su cocción. Un buen presagio es cuando la tortilla comienza a alzarse, poco a poco, como un volcán nuevo que sale de la nada de las raíces de la tierra.

Después viene la alquimia: toma una tortilla, le agrega el guizo de la flor de quiote, forma su taco y le da una mordida seguida de otra al chile manzano. Su vista se pierde en su parcela, en el gallinero, al fondo del bosque. Al final del almuerzo bebe un poco de aguamiel y regresa a la pizca del maíz, esa cosecha significa el alimento del año en su familia: las tortillas, las tostadas de maíz, el pozole en días festivos, el atole y los tamales: de acelgas, el trueque por el costal de frijol o de azúcar.

Cae la tarde, cantan las gallinas para dormirse

Cerca se escucha el coyote

Pausa

Se hace la noche.


[1] -nombre despectivo que se les dio a estas aves, haciendo referencia al movimiento histórico en que hombres y mujeres pelearon por sus tierras contra los terratenientes