David Sánchez, Lucero Sánchez y Yesica Tejeda

Comunidad de Ixtlahuacán y Cuquío, Jalisco
Universidad de Guadalajara
y
Programa interinstitucional de especialidad en soberanías alimentarias y gestión de incidencia local estratégica (PIES ÁGILES)

Una de las tantas cosas que nos enseña el mirar los efectos de la revolución verde en nuestro territorio lleno de monocultivo de maíz cada vez menos sostenible, es entender que la agricultura no es solo una cuestión técnica o de tecnología, es decir, no se trata de cambiar las técnicas agrícolas, sino reconocer que la agricultura es un tejido de las múltiples dimensiones y relaciones que hay en un territorio. Si cambiamos la parte técnica, los cambios en las otras dimensiones son inevitables.

En el caso de la Revolución verde y de la agroindustria del maíz, lo que hicieron el tractor y los insumos, fue modificar y romper relaciones de las familias con los territorios y entre sí mismas, y no es que antes todo fuera bonito, pero había otras relaciones con el territorio y otros equilibrios, de las cuales algunas siguen, pero otras son distintas. Por poner un ejemplo, antes del tractor, las jornadas laborales en la agricultura eran más familiares y requerían mucho tiempo del día y del año; al especializarse y modernizarse, las temporadas de trabajo se hicieron más cortas. De esta manera, las niñeces y las juventudes tuvieron más tiempo para la escolarización, y menos tiempo en la parcela y con sus familias; además,  la agricultura cada vez más entendida como agronegocio, se asumió como una labor de los hombres, para su rol de proveedores, lo que a su vez fue relegando más a las mujeres al ámbito doméstico.

Desde la humilde experiencia que tenemos en Ixtlahuacán y Cuquío, entendiendo la agricultura moderna en monocultivo de maíz, decimos que la revolución verde ha venido expulsando de las parcelas a niñez, juventudes y mujeres y  dejando a algunos hombres cada vez más solitarios, cargados de presiones y de créditos que en círculos viciosos hacen cada vez más difícil la labor agrícola.

Ante ese panorama la agroecología se ve como alternativa, pero, siguiendo con el planteamiento inicial, de que no se trata solamente de una cuestión técnica,  cuando hablamos de agroecología no solo hablamos de cambiar los agroquímicos por elementos orgánicos. Se trata de pensar también la forma como vemos la relación entre nosotros y nosotras y  con la tierra. Para esto nos tendríamos que replantear desde una mirada de género y generacional, porque para trabajar una agroecología no solo se trata de recuperar el suelo físico, sino también el suelo comunitario. Entendemos que el suelo comunitario, son las relaciones entre mujeres, hombres, niñeces y juventudes entre y con los territorios. Entendiendo que así como la tierra se desequilibra si solo sembramos maíz y no frijol ni calabaza, así también se desequilibra la vida social si en el trabajo agrícola sólo están los hombres. 

Si la agroecología no es capaz de reconocer sus prácticas machistas, veremos que sus principales promotores, quienes se llevan mucho del reconocimiento son hombres y se vuelve a invisibilizar toda la labor productiva y reproductiva de las mujeres en los territorios agrícolas. Si la agroecología es adultocentrista, entonces no podrá tener continuidad en el tiempo, ya que se requiere una perspectiva intergeneracional. Los espacios intergeneracionales, son importantes para mejorar las relaciones familiares, donde todas y todos podamos involucrarnos en el trabajo del cuidado de vida.